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LA CASA-TEMPLO  --  
Miguel Barnet  --  President, Fundación Fernando Ortiz   Table of Contents     PRÉFACE  --  
LA CASA-TEMPLO  --  
Miguel Barnet  --  Président, Fundación Fernando Ortiz

Miscelanea II of studies dedicated to Fernando Ortiz

- PREFACIO -- LA CASA-TEMPLO -- Miguel Barnet -- Presidente, Fundación Fernando Ortiz

PREFACIO
LA CASA-TEMPLO
Miguel Barnet
Presidente, Fundación Fernando Ortiz

E15 de enero de 1996 fue reabierta la casa que Fernando Ortiz construyó para su matrimonio con Ester, la hija del eminente escritor Raimundo Cabrera. Esta casa, que desde sus inicios fue bautizada con el nombre de Villa Isis en honor a su primogénita, es sede hoy de la Fundación Fernando Ortiz.

Parece que esta esquina, diagonal a la de la escalinata universitaria y situada en lo más alto de la loma de Aróstegui, estaba predestinada para ser un templo de la cultura cubana. Las columnas dóricas y jónicas colocadas caprichosamente bajo frisos alusivos a temas de la antigua Grecia, con sus grecas flamantes y sus cornisas clásicas, enmarcadas dentro un eclecticismo a la moda de principios de siglo, hace de esta hermosa mansión un lugar verdaderamente único en la ciudad de La Habana, donde hace exactamente 115 años naciera el sabio cubano Fernando Ortiz.

Llena de puertas y ventanas abiertas siempre a la luz de la calle y en dirección perpendicular al alma mater de la histórica escalinata, esta casa fue centro de reunión de lo más adelantado de nuestro país en el campo de la ciencia y el arte. Si en el siglo XIX el Palacio de Aldama reunió a los talentos más conspicuos de la época, convocados por quien fuera llamado por José Martí "el más útil de los cubanos, Don Domingo del Monte," en este siglo la casa de L y 27 sirvió tambien a lo más escogido e nuestra República. Esta casa en su generosa dimensión recibió a hombres y mujeres abrazados por Don Fernando, convocados por él, o simplemente atraídos por sus avanzadas ideas y su vocación proteica e interdisciplinaria, y que reconocían en su dueño a un maestro, un pivote de la cultura científica cubana.

Don Fernando desde este belvedere vislumbró los males que aquejaban al pueblo cubano y con su obra no sólo los denunció en toda su desgarradura sino que trató de aliviarlos. Su vocación civil y patriótica marcó desde los inicios la línea de toda su obra. Una obra que implicaba un proyecto transcendente y moderno, democrático y no reduccionista; un proyecto que iba más allá del mero positivismo para situarse, con pie firme, en el terreno de lo transcultural. Ortiz estaba convencido de que el mestizaje no era solamente una mezcla

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de coloraciones sino una síntesis de ideas, y este credo lo demostró fehacientemente en cada uno de sus libros. Tuvo plena conciencia de su utilidad y se situó en el centro de la problemática cubana sin ambages, antes bien, entregando grandes cuotas de sacrificio personal. Rodeado de archivos, mesas de trabajo, buróes de estilo renacimiento español y gavetas inmensas, Ortiz reprodujo en su ámbito doméstico la atmósfera de una escuela del pensamiento contemporáneo.

Aquí en esta casa-templo se crearon la Primera Ley de Servicio Militar Obligatorio, un código criminal que fue modelo para su época; la reforma del sistema educativo cubano; y muchas otras propuestas que el joven etnólogo elevó al parlamento de la isla. Desde este lugar surgieron múltiples instituciones de gran utilidad para la vida cultural de Cuba así como las Archivos del Folklore Cubano, Estudios Afrocubanos, Ultra (que hacía casi solo), y otras. Desde aquí Ortiz libró su batalla más cruda e importante: la batalla de un hombre aislado frente a un valladar de prejuicios y obstáculos reales, la reivindicación del aporte africano a nuestro país y sus consecuencias transculturales. En esto fue pionero junto con Nina Rodríguez y Arthur Ramos en Brasil. Esta casa fue un templo y lo seguirá siendo--pero un templo vivo con hombres y mujeres que lo sabrán honrar. En ella Ortiz creó una dinámica de acción cultural consecuente con la vida cubana. Una de esas acciones fue su propia participación en el Grupo Minorista.

La casa de L y 27 jamás fue la torre de marfil de un sabio, más bien todo lo contrario; se convirtió en un laboratorio de ideas encontradas, de alquimias prodigiosas. Aquí se elaboró la fórmula de la cubanidad, no por arte de magia sino después de un profundo escudriñamiento en las raíces y un desbrozo en la tupida maraña del monte cubano. Todo lo que la burguesía blanca, afianzada en un positivismo retrógrado, escamoteaba, Don Fernando lo revaloró con su óptica objetiva y desprejuiciada. Esta casa, como la nave de un almirante, poseyó la brújula cierta, la que nos condujo al camino de Damasco. Sin ella hoy seríamos cualquier otra cosa y no esto que somos: híbridos de meigas gallegas y orichas africanos.

Hombres tan disímiles como Jorge Mañach o Carlos Rafael Rodríguez se encontraron aquí Intelectuales de la talla de Alejandro Lipchutz y Bronislaw Malinowski dejaron en ella una huella imborrable. José Luciano Franco, Emilio Roig de Leuchsenring, Julio Le Riverend Brusone, Juan Marinello, Nicolás Guillén, Salvador Bueno, Mariano Rodríguez Solveria, José Antonio Portuondo, Argeliers León, y Antonio Núñez Jiménez compartieron sus puntos de vista con Ortiz en estos amplios salones.

Aquí se fundó una de las bibliotecas más útiles de Cuba, que hoy se halla como parte del patrimonio de la Biblioteca Nacional. La hemeroteca de esta casa se hallaba dispersa en todo sus cuartos, sobre todo en las más inimaginables, ya que aquí no predominaban los ornamentos fútiles sino los libros y las revistas.

Esta casa fue, además, un museo de la etnografía cubana. Su sótano laberíntico sirvió de storage a aquello que los coleccionistas de élite y los museos oficiales rechazaban. Lo mismo un laud campesino que un tambor arará, un juego de chekerés que un par de columnas salomónicas. Algún día la casa será un museo de la cultura

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popular y las tradiciones de Cuba, y entonces habremos satisfecho el sueño acariciado por quien las vivió.

No voy a olvidar que aquí trabajó con Ortiz una de las más incansables secretarias de la memoria de este siglo: Conchita Fernández. Tampoco que aquí cantó al oído atento de Don Fernando sus cantos a Elegguá, Oyá, o Naná Burukú, la más completa de las apkwonas lucumises, Merceditas Valdés. En esta misma sala, que servía de salón de actos de la casa, tocaron muchas veces los tambores de Flor de Amor y su grupo de guaguancó. En esta sala se reunió en múltiples ocasiones el ejecutivo de la Sociedad Económica de Amigos del País. Aquí permanecen las huellas de muchos españoles prominentes como Juan Ramón Jiménez, María Zambrano, y Federico García Lorca que invitados por la Hispano-Cubana de Cultura y su presidente, Fernando Ortiz, trajeron a Cuba sus conocimientos y la solidaridad con las letra! s nacionales.

Por estos pasillos se hablaron al oído Rubén Martínez Villena y Pablo de la Torriente Brau, secretarios sucesivos del iniciador de los estudios antropológicos en Latinoamérica.

Juan Marinello rindió tributo al autor del Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. En este mismo lugar, cuando Juan fue nombrado Rector de la Universidad de La Habana, el Tercer Descubridor, como le llamó Marinello, refrendó ese cargo con todo respeto en un visto bueno que halagó a su amigo comunista. Raúl Roa y Ada Kourí rieron a mandíbula batiente con las bromas de Ortiz en los butacones mullidos de esta casa que María Herrera, su viuda, cuidó con tanto esmero y que el negro Maisí guardó con celo hasta su muerte.

Una tarde de 1959 toqué a esta puerta de la calle L. Hay puertas que se abren para nunca cerrarse. Esa fue para mí la puerta de esta casa, que finalmente inauguramos en su restauración tan anhelada. Yo podría contar muchas anécdotas de Don Fernando, pero no vienen al caso. A estas paredes se les son familiares. Ellas saben de mi devoción por su obra.

Quiero, sin embargo, recordar aquí a Trinidad Torregrosa, chekeré; a Jesús Pérez, uba ilú; Raúl Díaz, nasakó; Pablo Roche, akilapkwa; Marcelino Ordás, oriaté; Alfredo Zayas, y Merceditas Valdés; sepan que estas puertas se abren de nuevo para ustedes que le brindaron a Don Fernando sus testimonios como rumberos, tamboreros, o practicantes de la Regla de Ocha, de la Regla de Palo Monte, y de la Sociedad Abakuá.

Aquí estará viva siempre la memoria de los que en tranvía o a pie llegaban a entregar sus conocimientos a quien como nadie supo valorarlos. Él los volcó en su obra sin prejuicios pero sí decantando lo más valedero, lo permanente. En sus libros, casi todos escritos en esta casa, vive el testimonio de ellos.

Aquí vamos a convivir en noble armonía todos, porque la obra de Ortiz nos unirá; su amplio espectro está simbolizado por esta casa. Aquí continúa funcionando el Departamento de Historia de la Universidad de La Habana, con sus posgrados y sus maestrías; aquí tendrá su sede la Unión de Historiadores de Cuba y, como el sitio más idóneo, la Fundación Fernando Ortiz, que honrará la obra de quien sin vacilación puede catalogarse como el más útil de los cubanos de este siglo en la ciencia y la cultura. Ojalá que nunca dejemos de escuchar en los pasillos de esta casa-templo el sístole-diástole de su respiración, una

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respiración que nutrió como pocas el tesoro de la Patria, si como él mismo afirmó: la cultura es la Patria.

Ábranse de nuevo las puertas de esta casa y rece en su dintel el lema que definió la vida y la obra de Fernando Ortiz: "Ciencia, Conciencia, Paciencia."

() Discurso pronunciado por Miguel Barnet, el 5 de enero de 1996, en la ocasión de la inauguración de la Villa Isis, Calle 27, No. 160, esq. L, Vedado, Ciudad de La Habana, como sede de la Fundación Fernando Ortiz [1995-96.1]. El acto tuvo lugar en el salón principal en el primer piso de la casa.

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